Javier Gomá (filósofo y escritor): “La dignidad es inexpropiable e insustituible”

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ÁLEX PUYOL

Luis Eduardo Siles.

Es filósofo, escritor, dramaturgo y sabio. Javier Gomá (Bilbao, 1965), director de la Fundación Juan March, vive un año espectacular. En primavera se reeditó su monumental ‘Tetralogía de la ejemplaridad’, y también ‘La imagen de tu vida’, libro que incluye la obra teatral ‘Inconsolable’, estrenada con enorme éxito en 2017 en el María Guerrero. Y acaba de publicar una comedia con resonancias de los clásicos, ‘Quiero casarme contigo’ (Pre-Textos), y ‘Dignidad’, luminoso ensayo en el que sostiene que la dignidad, concepto en el que la Filosofía ha profundizado poco, “es inexpropiable e insustituible”.

— Escribe usted en el prólogo de ‘Quiero casarme contigo’: “Spinoza dijo que la idea de círculo no es redonda y Althuser, siguiendo el juego, añadió que el concepto de perro no ladra”. Y añade: “El propósito supremo del teatro es, por el contrario, que el perro ladre, ladre mucho, que llegue incluso a morder”. Continuando este juego: ¿considera que esta obra muerde?
— Confío en que sí. Porque morder significa que cuando uno va al teatro no aspira a contemplar la perfección redondeada del concepto, donde lo principal no es la lógica sistemática del concepto, donde la claridad, la exactitud, el rigor, que son propios del concepto de perro, quedan subordinados sin embargo al perro mismo, que ladra, en el sentido de que es vivo, es agónico, es temporal, es trágico. Me gustaría pensar que los cuatro personajes de mi comedia, y las situaciones en las que se encuentran, no es la ilustración de un concepto, que sería algo así como la exposición del concepto de perro, sino que es el perro mismo: ladrando, gruñendo, amenazando, también retozando, y jugando. Es decir, se trata de ver a los personajes realmente vivos, sanguíneos, concretos, trágicos: en acción. Ese sería el objetivo de la comedia. Y no se trata de una comedia de tesis, porque la tesis de la ejemplaridad la he expuesto extensamente en otros libros míos, sino que es llevar el concepto, el problema y el dilema de la ejemplaridad a la vivencia cotidiana. En definitiva: ¿q ué ocurre cuando el buen ejemplo nos genera problemas? Como escribo en el prólogo, la aparente liviandad de la comedia y su aire de entretenimiento ligero remiten aquí a un transfondo filosófico que da que pensar: el problema del Bien –con mayúsculas–, cuya existencia genera siempre dolor a su alrededor. Y por eso, nos enseña la Historia, tantas veces es odiado y violentamente eliminado.

“La inmensa mayoría de la alta cultura que hoy se hace supone una invitación a la tristeza”

— ‘Quiero casarme contigo’ es una comedia, pero con reflexiones de “cavar mucho y hondo”, como diría Petrarca, a quien usted suele citar. Está de nuevo la idea del legado que dejamos, de lo que se recordará de nosotros cuando hayamos muerto, como ocurría en su anterior obra teatral, ‘Inconsolable’. Y en esta comedia aparecen, aunque revestidos de humor, algunos de los miedos más importantes del ser humano: A la muerte, al paso de los años, al desamor, a la soledad, al abandono, a la pérdida. ¿Está de acuerdo?
— Esos son en realidad los temas que he tratado de explorar en mi obra ensayística. Pero la obra ensayística que, por su propia naturaleza, tantas cosas aporta, hay algo que la esquiva. Y la esquiva ese carácter temporal de lo humano. En el concepto del ensayo se apresa algo, pero al mismo tiempo lo congela. Y no le puede hacer justicia el carácter temporal de lo humano, compuesto siempre de un antes y un después. Y en ese carácter temporal, sin embargo, reside la esencia de lo humano, porque somos seres temporales. Y por eso uno, a veces, opta por géneros narrativos, que tienen dentro de su seno ese momento temporal. Como puede ser la novela o el teatro. Es la fascinación por tratar de presentar, manifestar en acción, situaciones que tienen que ver con la pérdida, con el dolor, con la muerte, pero ya no encerrado en un concepto estático, como si fuera una jaula de hierro, sino en su dinamismo y en su dramatismo, porque el concepto tiende a la claridad, pero la experiencia cotidiana es una experiencia en la que todos estamos en penumbra, tanteando el terreno, en su ambigüedad incluso, porque no hay nada humano que sea silogístico, sino que puede ser interpretado de una manera o de otra. Y todo eso me atrajo mucho. Recrear aquellos temas que he desarrollado conceptualmente en el ensayo, pero en el ámbito dramático, vivo, y temporal del teatro.

— Usted introduce numerosas acotaciones de perfil decididamente literario, algo que se está perdiendo desde hace años en los textos de teatro, y la obra posee una carpintería teatral que conecta con los clásicos. Ejemplo de acotación: “Entra Tristán exhausto, desnortado y acabado”.
— Estas dos circunstancias van en la misma dirección. Y a mí me resulta especialmente grata. Que es el teatro, por supuesto, pero dentro del teatro la literatura dramática. Recordando que el teatro es un género literario también. Y que tiene que ver con la palabra escrita. El tratar de elevar la naturaleza de nuestro idioma, y hacer acotaciones que confirman esa naturaleza literaria del hecho dramático, es algo que yo ambiciono. Quizás hoy día hay demasiado acento puesto en el hecho dramático casi como un arte vivo sobre la escena, donde la palabra está subordinada a la espontaneidad o a la acción, no sujeta a reglas. Y mi ambición en este ámbito reside en recuperar la dignidad de lo literario. Tanto en esa búsqueda de un estilo elaborado como en sus acotaciones, que utilizan la forma de lo literario para intensificar el lado dramático de la obra. En definitiva, dignificar los asuntos y dignificar la forma.

AP

— En su libro ‘Dignidad’ escribe: “Definimos dignidad como aquello que no puede ser sustituido ni puede ser un medio de un fin superior”.
— La teoría política y filosófica tradicional desde el libro ‘La Política’, de Aristóteles, señala que el interés particular debe ceder al interés general. Entonces el ciudadano-interés particular puede hacer lo que la ciudad le permita, pero si su interés particular choca con un interés general, el interés general es prevalente. Pero a partir del Renacimiento, y con especial énfasis ya en el Romanticismo, el hombre y la mujer toman conciencia de su dignidad individual y entonces a esta ecuación que antes hemos establecido de que el interés particular cede ante el interés general se le añade una tercera cláusula. Que es: lo particular cede a lo general, pero lo general cede a lo individual. Porque lo individual es inexpropiable, es insustituible. Y no se puede nunca compensar. Ni tampoco en nombre del bien común. Ni en nombre del interés general. Ni siquiera en nombre de la justicia social o del progreso. La intuición sobre lo que es la dignidad es aquello que resiste. Resiste a todo, incluso a las justas causas. Porque el principal delito contra la humanidad, el delito contra la dignidad, sería el tratar a las realidades con dignidad con el tratamiento que sólo conviene a las realidades con precio. Eso, el tratar a las realidades con dignidad, es decir al hombre o la mujer, como si fueran una cosa con precio, es el delito máximo contra la dignidad y se llama cosificación. Cuando se instrumentaliza al individuo en beneficio de un interés colectivo, por muy noble que resulte ese interés colectivo, estamos incurriendo en el delito de cosificación, que es un delito magno contra la dignidad. Porque la dignidad es incanjeable, insustituible y resistente a todo.

“Ojalá ingleses y catalanes abandonen esas pasiones que los ciegan y vuelvan a la gestión de los intereses, que son propios de sociedades maduras”

— Usted sostiene que la dignidad ha promovido unas transformaciones sociales sin precedentes, materializadas históricamente, mientras la filosofía le daba la espalda. Y eso es lo contrario de lo que ocurre generalmente, donde la idea filosófica precede a la transformación, ¿no?
— Hay varias razones y algunas son estructurales. Como dice Petrarca, la tristeza es tan manifiesta que basta con abrir los ojos para darte cuenta de ella. Hay muchas razones. Sobre todo el destino final del hombre, con independencia de las creencias religiosas, ese destino final que es la muerte, el sepulcro, y que nos llena de perplejidad. ¿Por qué la Naturaleza crea seres con tanta dignidad como son el hombre y la mujer, una dignidad distintiva, diferente al resto de los seres de la Naturaleza, y luego aboca al hombre y a la mujer a un final parecido al resto de los seres de la Naturaleza, como a un mosquito o a una serpiente? Que es la muerte biológica. Ahí hay una enorme perplejidad. Y entonces hay razones para la tristeza. Y basta con abrir los ojos para convencerse de la realidad de la tristeza. Mientras que para profundizar en la dignidad dice Petrarca que “es preciso cavar mucho y hondo”. En consecuencia, depende del estudio, de la reflexión. Y además de esta razón estructural hay una razón circunstancial que es la tendencia de la cultura. La inmensa mayoría de la alta cultura que hoy se hace supone una invitación a la tristeza. A una tristeza liberadora, lúcida, desenmascaradora de la ideología, pero, en último término, una lucidez triste. Y, por tanto, ha estado ciega al carácter positivo, elevador, dignificador, ennoblecedor, transformador, de la dignidad. Pero ese olvido de la dignidad por parte de la Filosofía no ha llevado a que la dignidad esté quieta, sino que ha producido unas transformaciones por todas partes invirtiendo el proceso natural. Lo normal es: Determinados escritores, determinados filósofos, dotan de nuevo significado a algunas palabras, la libertad, la fraternidad, la igualdad, y luego algunos grupos sociales, activistas, enamorados de estos nuevos significados, hacen la revolución. Pero aquí ha sucedido lo contrario: se ha hecho lo revolución porque todo el mundo sentía la dignidad aunque no fuera capaz de definirla. Pero la definición se ha quedado pendiente, aunque suponga una anomalía filosófica. Por eso, en mi libro ‘Dignidad’, que no pretende agotar el tema, sino ser uno de los primeros pasos sobre ese tema, trato de abordar y de proponer una visión estrictamente filosófica del concepto de dignidad.

 

Inglaterra y Cataluña

— ¿Qué opinión le merece la situación por la que atraviesa la Unión Europea, con personajes como Boris Johnson que claman por un Brexit duro?
— Tanto Inglaterra como Cataluña me han decepcionado en algo muy importante: si algo unía a esos dos territorios, el catalán y el inglés, es que se trataba de dos territorios pragmáticos. Los catalanes siempre han tenido fama de personas pragmáticas, que ponían por encima de todo los intereses. Se podrán equivocar y podrán cometer errores, pero al final el cuidado de los intereses prevalecía. Que es propio de una sociedad madura. Porque los intereses son seguros, los intereses son firmes. Los intereses los podemos entender todos. Y de los ingleses, ¿qué decir? El inglés es el pueblo pragmático por antonomasia. Que parecía que siempre sabía llevarse el gato al agua en las mil dificultades durante los últimos dos o tres siglos. Entonces, ver territorios maduros, pragmáticos, que cuidan los intereses, tomar decisiones que se pueden resumir en la palabra estúpidas, que perjudican evidentemente sus intereses, que representan un olvido del cuidado de sus intereses, en virtud de una ideología que los ciega y les perjudica, todo eso supone una concentración decepcionante. Ojalá los ingleses dejen las ideas, donde, por otra parte, nunca han sido unos grandes maestros, y también los catalanes, y abandonen esas pasiones que los ciegan, y vuelvan a la gestión de los intereses, que son seguros y que son propios de sociedades maduras.

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