Estabilidad y progreso

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Carles Campuzano.

Nos dirigimos a una repetición electoral a toda máquina. Nada da la impresión de que el Partido Socialista y Unidas Podemos tengan la voluntad política de alcanzar un acuerdo para la investidura de Pedro Sánchez. La ciudadanía observa entre la perplejidad, el hastío y la irritación cómo los dos partidos de la izquierda son incapaces de ponerse de acuerdo. Ese sentimiento es más intenso, si cabe, entre los electores y simpatizantes de esas fuerzas políticas. Son malos días para quienes en la ultima noche electoral vieron cómo la amenaza de un gobierno de derechas condicionado por la agenda extremista de Vox se desvanecía y creyeron que una legislatura con políticas progresistas era ya una realidad.

Quizás, pensamos algunos con una ingenuidad muy tozuda, asistimos, como espectadores ansiosos, a una escenificación necesaria, tal cual partida de póquer, que, inevitablemente se va a cerrar con un acuerdo de última hora que nos evitará el bochorno de una nueva repetición electoral. Ojalá sea así y que aquello que hemos escuchado y leído durante estas semanas sea el camino que inevitablemente deben de recorrer unos y otros para alcanzar ese acuerdo.

La democracia ha quedado gravemente afectada. El precio que el Estado ha pagado para detener el movimiento soberanista catalán ha sido muy alto en términos democráticos, de derechos y libertades. Habrá que recuperar la política y no dejar en manos de la Justicia la solución a los problemas políticos

Y es que esos ciudadanos con los que me identifico plenamente sin ser votante socialista ni ‘podemita’, aspiran a cuatro años de estabilidad y progreso.

Estabilidad y progreso son dos conceptos que se refuerzan recíprocamente. La estabilidad en política es un factor fundamental. Sin estabilidad ningún gobierno ni ninguna mayoría parlamentaria puede alcanzar un objetivo serio e importante y desarrollar las reformas y cambios de calado que una sociedad necesita. La estabilidad traslada certidumbre y seguridad a la sociedad, a las empresas, a los inversores internacionales y permite, no sólo al sector público, sino también al sector privado, pensar y actuar en el medio plazo. La estabilidad constituye un valor en sí misma. Y a menudo la estabilidad no la garantiza una mayoría parlamentaria, pero seguro que sin mayoría parlamentaria no hay estabilidad.

Y la estabilidad no es ni muchos menos un valor conservador o un estado de las cosas que favorezca a las fuerzas políticas de la derecha. Para quienes se reivindican como progresistas, o sea, partidarios del progreso económico y social de la sociedad, la estabilidad es imprescindible. Las grandes reformas económicas y sociales que se han alcanzado en las ultimas decaídas han sido posibles en entornos estables y sólidos en términos políticos, que han permitido implementar políticas sólidas y ambiciosas que exigen tiempo para dar sus frutos, mayorías amplias para reforzar su legitimidad y acuerdos sociales transversales para garantizar su perdurabilidad.

El progreso sostenido requiere estabilidad también porque sin dinamismo económico y confianza empresarial los ingresos fiscales del sector a medio plazo están en riesgo. Y nuestros modelos de bienestar, en un contexto de creciente envejecimiento de la sociedad y fracturas sociales que se arrastran todavía de la crisis y de algunas debilidades del Estado del Bienestar, exigen y reclaman un esfuerzo fiscal más significativo que el que hoy tenemos. Si queremos un mejor Estado del Bienestar, y lo necesitamos, necesitamos mayor y mejor dinamismo económico, más y mejor empleo, más y mejores empresas.

Pero es que, además, la estabilidad y el progreso que necesitamos tienen que ver con la necesidad de recuperar la calidad de la democracia en España. La democracia ha quedado gravemente afectada. El precio que el Estado ha pagado para detener el movimiento soberanista catalán ha sido muy alto en términos democráticos, de derechos y libertades. Habrá que recuperar la política y no dejar en manos de la Justicia la solución a los problemas políticos.

Sí, tenemos muchas razones para pensar que no conviene una nueva repetición electoral.


Licenciado en Derecho, trabajó entre 1986 y 1992 en el Departament de la Presidencia de la Generalitat de Catalunya. Ha sido secretario general (1989-1994) y presidente (1994-1996) de la Joventut Nacionalista de Catalunya, concejal del Ayuntamiento de Vilanova i la Geltrú (1987-1991), diputado en el Parlament de Catalunya (1992-1995) y diputado en el Congreso desde 1996 hasta 2019, además de miembro del Consell Nacional de Convergència Democrática de Catalunya hasta que se refundó en el Partit Demòcrata Europeu Català (PdeCat), del que ha sido portavoz en el Congreso hasta las elecciones del 28-A.

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