Pócima errejonista para fracasados culpables

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José Antonio Pérez Tapias.

Íñigo Errejón salta al centro de la escena política justo cuando la ciudadanía está en alto grado enojada ante una convocatoria electoral originada por el fracaso de las negociaciones que supuestamente habían de llevar a Pedro Sánchez, el candidato socialista, a la investidura como presidente del Gobierno. A Errejón no le falta sentido de la oportunidad. Habiendo sido uno de los fundadores de Podemos, tras romper con este partido de modo no muy presentable –tampoco se consideró de recibo cómo fue apartado de la dirección del mismo–, dio lugar a la formación Más Madrid para comparecer a las recientes elecciones de la comunidad autónoma madrileña. Ahora traslada el invento al resto de España para concurrir a las generales convocadas para el 10 de noviembre.

Sin un balance claro de los efectos en la izquierda de esa operación madrileña, salvo la constatación de que a las derechas se les dejó vía libre para llegar tanto al Ayuntamiento de la capital de España como al gobierno de la Comunidad, el invento activado ahora tiene a su favor aparecer como remedio de inmediata aplicación para ahuyentar el temor a una elevada abstención entre el electorado de izquierda, crítico con la incapacidad de sus representantes para lograr un pacto de gobierno o un acuerdo parlamentario. Errejón, sin partido organizado a escala nacional, sin programa definido, sin banquillo aún para candidaturas…, aparece ante la sociedad española, en el momento en que se agotaron los “juegos de tronos” y las “partidas de ajedrez”, presentándose para el nuevo capítulo con la agridulce pócima de Más País, que habrá que ver cómo opera en cada caso. La más antigua farmacopea nos dice que el mismo preparado según dosis actúa ya como medicina, ya como veneno.

El fracaso conducente a las nuevas elecciones suma muchos culpables. Unos más culpables que otros, lo cual aboca a poner la mayor carga sobre quien tenía la mayor responsabilidad: Sánchez –y su equipo–, dada la dinámica de simulacros con la que se obliteró la obligación constitucional de intentar lograr apoyos para cubrir la distancia entre mayoría insuficiente de 123 escaños y mayoría necesaria para ser investido presidente

La pócima errejonista vale como purgante universal, aunque algo injusto en sus efectos. Las culpas hay que pagarlas, y el fracaso conducente a las nuevas elecciones suma muchos culpables entre sus causantes. Fácil es que venga a las mientes Dostoievski con aquel personaje de Los hermanos Karamazov declarando que “todos somos culpables”. Ya que no hay acuerdo sobre quién tendría que continuar diciendo lo que sigue a esa frase –“y yo más culpable que todos”–, cabe en tal tesitura recordar al Orwell de Rebelión en la granja al subrayar irónicamente que todos somos iguales, pero “unos más iguales que otros”. Unos, por tanto, más culpables que otros, lo cual aboca a poner la mayor carga sobre quien tenía la mayor responsabilidad: Sánchez –y su equipo, con la vicepresidenta y el asesor Redondo en lugares descollantes–, dada la dinámica de simulacros con la que se obliteró la obligación constitucional de intentar lograr apoyos para cubrir la distancia entre mayoría insuficiente de 123 escaños y mayoría necesaria para ser investido presidente.

Con su parte de culpa en el fracaso que supone otra legislatura fallida, el PSOE bebe la pócima errejonista casi como licor reconfortante, confiado en contar con un aliado fácil en el futuro. En medio de la ilusión, bien podría repasar temas de democracia parlamentaria para no engañar y asumir que ni una mayoría de votos ni una mayoría de escaños es automáticamente, si no dan los números, mayoría de gobierno. Los ciudadanos no votan un gobierno, sino representantes.

Incontables ojos clavan su mirada sobre Pablo Iglesias y el partido que dirige, observando cómo les sienta una pócima que en este caso se aprecia venenosa. Cierto ajuste de cuentas aumenta la toxicidad de un purgante por una culpa en la que se mezclan precipitación, desmesura y fallos de estrategia bajo fuerte protagonismo del líder.

El hiperliderazgo lo volvemos a encontrar en el oferente de la pócima, que se presenta con “su” partido cual plataforma desde la que nadie responde a cuestión tan crucial como qué hacer ante el conflicto de Cataluña y la crisis del Estado.

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