Que las Trece Rosas no se borren nunca de nuestra memoria

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José Luis Centella.

Las despreciables palabras del ultraderechista Javier Ortega Smith en las que acusa a las Trece Rosas –jóvenes republicanas fusiladas en Madrid en 1939 en plena represión franquista– de cometer crímenes y violaciones constituyen una ofensa que no puede quedar sin respuesta libre y democrática. En pocos casos el silencio puede convertirse en complicidad de una forma más clara.

De nuevo los integrantes de la extrema derecha manipulan la historia y buscan convertir a las víctimas en verdugos, lo mismo que se acostumbraron a hacer durante décadas. Pero ahora este mandamás de Vox ha traspasado todos los límites al poner en su diana a personas que pagaron con su vida uno de los casos más espeluznantes de la represión de la entonces casi recién estrenada dictadura, la misma en la que los ‘vencedores’ no se conformaban con el triunfo militar y se habían propuesto el exterminio físico de los ‘derrotados’.

Ortega Smith ha traspasado todos los límites al poner en su diana a personas que pagaron con su vida uno de los casos más espeluznantes de la represión de la entonces casi recién estrenada dictadura

El secretario general de Vox no es ningún ignorante, lo que añade maldad a su primera afirmación y a su posterior reiteración de que nunca va a “pedir perdón por algo que es verdad”. Ofende consciente y gravemente la memoria y honor de estas jóvenes que se resistieron llenas de ilusión y determinación a esa España oscura y represiva que a falta de razones para convencer se imponía sobre cualquiera que pensara distinto.

Ortega Smith sabe perfectamente por qué el 5 de agosto de 1939, cuatro meses después del final de la Guerra Civil, los fascistas fusilaron a las Trece Rosas. Tenían entre 18 y 29 años, una edad esta última que sólo alcanzaba Blanca, que no tenía afiliación política. El resto militaban en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Todas fueron condenadas a muerte acusadas de ‘adhesión a la rebelión’, en un Consejo de Guerra sumarísimo contra 58 procesados y tras el que ejecutaron también a 43 hombres. En ningún momento ellas fueron acusadas de crímenes como los que les atribuye el individuo de Vox, como señala la propia sentencia.

Es evidente que si los acusadores hubieran tenido la más mínima sospecha de su participación en asesinatos o violaciones lo habrían planteado. Por ello, con independencia de la ilegalidad de la sentencia dictada por un ilegítimo Consejo de Guerra franquista, los hechos que en aquella farsa se consideran probados para justificar la pena de muerte nada tienen que ver con las difamatorias afirmaciones actuales.

Pero el envilecimiento de Ortega Smith ha errado el tiro y ha conseguido el efecto contrario. Se ha abierto una marea de indignación y solidaridad que lo que sí recuerda es que estos crueles asesinatos ilustran la vileza y crueldad de una dictadura, para cuyo líder, el sátrapa Francisco Franco, Vox mantiene su pretensión de que siga enterrado en su mausoleo público junto a miles de sus víctimas.

Mientras esto ocurre, siguen perfectamente en vigor las medallas policiales pensionadas de por vida al torturador ‘Billy el niño’, el Ducado de Franco, la legalidad de su Fundación homónima o las centenares de fosas con miles de muertos en cunetas y campos de todo el país, esperando, aquí sí, que se sepa toda la verdad, que se haga justicia y que se reparen los daños causados.

Me van a permitir que termine este texto reseñando uno por uno el nombre de las Trece Rosas: Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez de la Fuente. Que sus nombres se repitan también en esta revista para que nunca se nos olviden, un deseo este último que ellas mismas rogaron en las últimas cartas que escribieron a sus familiares poco antes de ser fusiladas.

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