Unión Europea: una mayor unidad en esta nueva etapa

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La salida del Reino Unido, la inmigración, la crisis climática y el euroescepticismo populista son algunos de los retos a los que se enfrenta la Unión Europea según los portavoces parlamentarios de los principales partidos políticos que escriben para este Especial de nuestro 28 aniversario. En un año marcado por las elecciones del 26-M al Europarlamento, que a su vez han dado paso a una nueva legislatura fragmentada, concluyen que es necesario trabajar en una mayor unión para superar los problemas a los que se enfrentan.

 

Una España más fuerte en una Europa mejor

Adriana Lastra
Vicesecretaria General del PSOE y Portavoz del Grupo Parlamentario Socialista

La Unión Europea es con toda probabilidad el mejor proyecto que hemos creado en el último siglo y se ha convertido en un modelo para el mundo entero, pero hoy hace frente a nuevos retos muy distintos de los que llevaron a su nacimiento.

El cambio climático y la contaminación medioambiental, las ‘fake news’, la digitalización de la economía o el auge de los populismos, que tiene entre sus consecuencias procesos como el Bréxit, son retos que responden a causas distintas pero tienen algo en común: trascienden cualquier frontera territorial y política. Para alcanzar una respuesta eficiente no nos sirven, por tanto, las soluciones aisladas o individuales. La Unión Europea nació con esa vocación de articular una comunidad que dé respuesta compartida a retos compartidos, hoy esa vocación de unir esfuerzo es más necesaria que nunca.

El discurso euroescéptico se sirve de los miedos y las ansiedades que acompañan a todo momento de cambio o de dificultades para atacar, con un discurso tan peligroso como alejado de la realidad, una Unión que, precisamente en este mundo cada vez más integrado, es más necesaria que nunca. Para hacer frente a ese discurso necesitamos un relato fuerte pero muy pegado a la realidad. Decía Manuel Marín que “fuera de Europa hace mucho frío” y basta con un único dato para reparar en cuánta razón tenía: bel PIB de EEUU es aproximadamente seis veces el de la mayor economía europea –Alemania-, el de China aproximadamente lo duplica. En el caso de un país como España, o de otras economías de la Unión, esa distancia se multiplica y la conclusión se impone de un modo evidente: solo una Europa unida puede dar, a cada uno de los países de la Unión, el peso necesario para desempeñar un papel relevante en este mundo globalizado. Europa no nos roba soberanía, nos da la fortaleza y la estabilidad necesaria para ejercerla.

Y es cierto que la Unión es una comunidad de intereses pero faltamos a su espíritu si consideramos que no es más que eso. Europa no son solo las instituciones de la Unión, Europa no es solo un mercado, nuestra Unión es sobre todo un compromiso con los valores de la libertad, la solidaridad y el progreso. Es también una esperanza para millones de personas que en todo el planeta nos miran y nos admiran. Que le dice al mundo entero que el compromiso social no está reñido con el progreso económico sino que es su base y el mejor de sus fundamentos. Que es posible un espacio –señalaba Jacques Delors– que imprima la marca del humanismo en un mundo demasiado duro.

Conviene por tanto alejarse del escepticismo y la nostalgia de quienes diciendo soberanía solo ofrecen impotencia e irrelevancia, pero también de la complacencia de quienes creen que la Unión ya está construida y que hace falta poco más que un mercado para ganar el futuro. Hacer frente a los retos que tenemos planteados nos va a exigir más integración económica, sin duda, pero también más integración social, institucional y política. En esta aldea global en la que vivimos, el futuro de cada uno de nuestros países pasa por más unión, no menos. Esa es la Europa por la que trabajamos los socialistas en España y en Bruselas.

La batalla por la unión

Marta González
Portavoz adjunta del Grupo Parlamentario del PP

A. Puyol

Cuando en 1945 los países europeos participantes en la Segunda Guerra Mundial, el proceso bélico más cruento de la historia y el más devastador en términos económicos y de vidas humanas, contemplaban desde sus respectivas posiciones –vencedores y vencidos– el resultado de seis años de horrible contienda, se abría paso la idea en todos ellos de que Europa no podía permitirse que algo así ocurriese nunca más. Por eso es innegable la influencia que la devastación bélica tuvo en la firma de los Tratados de Roma en 1957, por parte de Francia, la República Federal de Alemania y el Benelux, la más sólida construcción paneuropea después de los imperios romano y germánico y de la ruptura de la cristiandad occidental en el siglo XVI. El Reino Unido solicita su ingreso muy poco tiempo después, y en 1962 ya forma parte de esa comunidad, que va ampliándose progresivamente hasta 1986, cuando ingresan España y Portugal.

Con la caída del Muro de Berlín en 1989, la euforia comunitaria estalló y comenzó el mayor proceso de ampliación hacia el norte y este, que culminó con la anexión de 13 nuevos estados miembros entre 2004 y 2013. Pero mientras su población crecía hasta los 500 millones de ciudadanos, también envejecía, sus políticos poco o nada tenían que ver ya con los que habían abrazado efusivamente y con generosidad la causa europea y la incomodidad de algunos viejos miembros con el nuevo estado de cosas comenzaba a sentirse, hasta dar lugar al Bréxit, el primer proceso de separación de un estado miembro, el Reino Unido, aquel socio que ha vivido casi toda su historia en “espléndido aislamiento” y que entre grandes controversias se aislará de nuevo, si nadie lo remedia, en escasas semanas.

La Unión Europea se ha recuperado del trauma de la más que probable escisión con dificultades. El proceso pone de manifiesto, en primer lugar, la incomodidad y desagrado que sienten algunos socios en el actual estado de cosas; evidencia igualmente la necesidad imperiosa de estrechar los lazos entre sus miembros y de recordar que los peligros que intentaron conjurarse en su día con esta unión supranacional se mantienen ahí detrás, vivos y latentes, pudiendo manifestarse en cualquier momento; constata el escaso atractivo que el pesado y excesivamente profesionalizado aparato burocrático comunitario ha tenido siempre para el ciudadano europeo, y muestra, finalmente, el mismo desencanto y desapego para con la política y los políticos que la gran mayoría de los estados miembros sufren en sus propios países.

Son muchos los retos a los que la nueva Comisión Europea, presidida por primera vez por una mujer, Ursula von der Leyen, tendrá que enfrentarse: la amenaza de recesión económica, la posible escalada del desempleo, el calentamiento global o la despoblación de gran parte del territorio del viejo continente. Todos son problemas graves y preocupantes; no obstante, la recuperación de la ilusión en un futuro común será la batalla más urgente que tendrá que librar el nuevo gobierno europeo. Necesitamos que las generaciones más jóvenes, que no vivieron la devastación de la guerra, confíen en que la unión en Europa apuesta decididamente por su futuro, refuerza nuestra competitividad, nuestra cohesión y solidaridad, y, sobre todo, que destierra para siempre los fantasmas totalitarios, populistas y nacionalistas.

Valentía ante el cambio

Susana Solís
Eurodiputada de Ciudadanos

En Europa, acabamos de celebrar unas elecciones que han dado como resultado un Parlamento más fragmentado que nunca, reflejo de los parlamentos nacionales. Los ciudadanos han hablado y nos han hecho saber que a los europeos no les vale la forma de hacer política tradicional. Quieren que escuchemos, que nos entendamos y sepamos tender puentes. Muestra de esto, es el auge del partido liberal en el Parlamento, que va a jugar un papel para liderar en el cambio.

Desde la creación de la Unión Europea hemos avanzado en progreso y justicia social, haciendo de ésta un espacio de paz, libertad y vanguardia sin comparación en el mundo. Sin embargo, hoy esas ideas se ven amenazadas por presiones externas e internas que van de la mano de los nacionalismos y populismos. Para frenar su auge necesitamos una Europa fuerte, reformista y eficaz que proponga ideas claras que den soluciones a los grandes desafíos y a los problemas que nos afectan en el día a día.

Nos enfrentamos a duros retos esta legislatura: un paro estructural elevado, que es especialmente preocupante si miramos las cifras de paro juvenil en países como España; una Europa percibida como un aparato burocrático alejado de las necesidades de los ciudadanos; una crisis económica que amenaza con estallar; la crisis migratoria en el mediterráneo; la ruptura de Europa por el Brexit; y como no, el problema del cambio climático. Además, si no somos capaces de hacer frente al reto tecnológico ahora, Europa sufrirá un efecto domino que nos avocará a una falta de soberanía y dependencia externa en tecnologías tan importantes como el 5G, la Inteligencia Artificial o la ciberseguridad.
Ahora no es el momento de ser recelosos con los cambios. La nueva Comisión propuesta por la señora Von der Leyen parece haber entendido bien que nos encontramos en un momento crucial y propone soluciones ambiciosas para los años venideros, con una visión humanista y tolerante más que partidista. En esta época de incertidumbres hay que asegurarse de que no dejamos a nadie atrás y que se respetan los derechos de todos los ciudadanos utilizando las herramientas que la tecnología nos brinda.

Necesitamos liderar con estrategias claras. El nuevo acuerdo ecológico unido a la nueva estrategia industrial europea, si se formulan de manera correcta y no pierden ambición en el camino, pueden ser el motor de cambio que Europa necesita, garantizando la competitividad de las pequeñas y medianas empresas, que son el motor de la economía europea.

Hoy más que nunca es necesario el proyecto europeo. Nuestro compromiso es trabajar por esta Europa reformista y cercana a los ciudadanos.

Apostar por una Europa feminista

Maria Eugenia Rodríguez Palop
Eurodiputada de Podemos

DANI GAGO

Prometí mi cargo por la causa feminista y hoy tengo el honor de ser Vicepresidenta Primera de la Comisión de Derechos de la Mujer e Igualdad de Género (FEMM). Mi aspiración es que se logre y se desborde la política de igualdad de género que recoge el “Compromiso estratégico para la igualdad de género 2016-2019”, centrado, sobre todo, en la paridad, la brecha salarial y la violencia de género, en un sentido estrecho.

La posición de la mujer en el Parlamento Europeo sigue sin ser igualitaria. Los hombres todavía ocupan el 60% de los escaños y el techo de cristal es una dolorosa realidad en el mundo empresarial.

Según el Informe que publicó la Comisión Europea el pasado 8 de marzo, las mujeres corren más riesgo de caer en la pobreza y sus salarios son, por término medio, un 16% más bajos que los de los hombres. Esto sitúa la brecha de las pensiones en un 35,7% (2017) y, de hecho, en algunos países, más del 10% de las mujeres mayores no puede permitirse la atención sanitaria que necesita.

Como todas sabemos, esta situación se deriva, entre otras cosas, de una articulación del trabajo que no permite reorganizar los tiempos de cuidado y la Directiva sobre conciliación que tenemos presenta todavía muchas limitaciones. La UE, además, no ha ratificado el Convenio 189 de la OIT, de manera que los derechos de las personas empleadas del hogar siguen notablemente mermados.

La ratificación y aplicación del Convenio de Estambul no se ha concluido o está en riesgo de regresión. Formas de violencia nuevas o intensificadas están ocupando el espacio social y digital: la incitación al odio sexista, la misoginia y la violencia en línea. En algunos Estados miembros, las organizaciones de defensa de los derechos de la mujer se están enfrentando a dificultades a la hora de acceder a su financiación soportando un clima de hostilidad cada vez más generalizado. En muchos lugares, se han paralizado también las reformas educativas y se han visto afectados negativamente los estudios de género, la igualdad de género y la educación sexual integral, lo que complica la lucha contra los estereotipos dañinos desde temprana edad. También en la UE falta una mayor dotación presupuestaria para promocionar la igualdad.

Todo esto asumiendo que el compromiso estratégico no es muy ambicioso. No puede hacerse una apuesta por la paridad que se reduzca únicamente a lograr una presencia equilibrada de hombres y mujeres en los órganos de decisión. Para eliminar de raíz las estructuras que discriminan a las mujeres es necesario incorporar una dimensión cualitativa que atraviese toda nuestra legislación y nuestras políticas públicas.

Futuro democrático o extinción

Gabriel Rufián
Portavoz del Grupo Parlamentario Esquerra Republicana de Cataluña

MARC PUIG

Desde los inicios de la confluencia Europea se ha hablado mucho de valores y se ha actuado demasiado des de los despachos. El valor fundamental de la UE siempre fue el de la solidaridad, el respeto, los derechos humanos y la paz en tre los diferentes pueblos del Continente. No en vano empezó a calar la necesidad de la integración europea después de la segunda guerra mundial, en teoría, también para evitar futuros conflictos armados y augmentar la colaboración entre naciones. La realidad ha sido que los grandes poderes económicos, como siempre, han sido los que han acabado dominando las estructuras y sus objetivos prioritarios.

En el momento actual los retos a los que se enfrenta la Unión Europea son incluso mayores que los que tenía en sus inicios. Empezando por la de hacerse útil y visualizarse como tal entre la ciudadanía, continúa habiendo un gran desconocimiento entre mucha gente que no tiene ni idea de lo que se decide en las instituciones de la Unión y cómo le afecta en su día a día. No es casual que los resultados electorales sean los que sean, a menudo achacables a la percepción de lejanía y poca capacidad de incidir en las vidas de los votantes. Esta falta de “sensación de utilidad” acaba redundando en un control más férreo de los centros del poder por parte de los que siempre han mandado -que suelen parapetarse detrás de opciones populistas y de índole extremista- y con intereses que tienen poco o nada que ver con la mejora de la vida de la gente.

La emergencia climática es uno de los frentes abiertos más ambiciosos a los que la Unión Europea tiene la obligación de dar una respuesta inmediata. La coordinación entre naciones es la clave, globalizar una solución y hacerlo enfrentándose a los intereses de los lobbies más potentes del capitalismo. En realidad, con el cambio climático perdemos todos. Se calcula que cerca de medio billón de euros se han perdido por el camino en los últimos 25 años por culpa del calentamiento global y sus consecuencias. Es imprescindible reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y hacer políticas acordes con la Agenda 2030 y los objetivos de desarrollo sostenible. La Unión Europea debe crear una legislación explícita y estricta para avanzar hacia modelos productivos globales sostenibles. Es urgente.
La otra batalla es quizá aún más humana, empieza por los principios y los derechos de todas las personas que buscan su supervivencia y persiguen el sueño de una vida mejor. En teoría estos son los verdaderos valores sobre los que se deben sustentar las instituciones europeas. Algo que todos los seres humanos compartimos y merecemos. Hay que acabar de una vez por todas con las hipocresías de los aparatos de los estados que usan la inmigración como una simple mano de obra de usar y tirar. Las autoridades comunitarias tienen que hacer todo lo que esté a su alcance -y no es poco- para que no muera más gente en el Mediterráneo y dejar de tratar a las personas como objetos o como cargas. Permitir y fomentar el salvamento marítimo, poner fin a la externalización del control de fronteras y que se haga acorde y con el respeto más absoluto a los derechos humanos. Los fondos de cooperación al desarrollo tampoco pueden destinarse al control de fronteras por parte de terceros estados.

La única UE que perdurará será aquella que no deje morir a nadie a sus puertas, pero también aquella que respete el derecho de autodeterminación de los pueblos y la que garantice el ejercicio de los derechos fundamentales y el respeto a la democracia. Eso pasa, también, para combatir la incitación al odio y las simbologías­ fascistas.

Europa tiene que ser un muro de contención al fascismo, es lo que le daba legitimidad y la misma razón de existir. Un futuro mejor pasa por una UE verdaderamente democrática que respete la identidad de sus pueblos, sosteniblemente y sin miedo a enfrentarse a los poderes que la quieren al servicio de los de siempre.

La Europa que deseo 

Laura Borràs
Portavoz del Grupo Parlamentario Junts per Catalunya

Más que un espacio geográfico o una potencia geopolítica, Europa es una idea, unos valores de libertad, democracia, justicia y respeto inspirados en una larga tradición humanista. Y agradezco poder hablar de Europa en ocasión del 28 aniversario de la revista El Siglo porque siempre que se conculcan estos valores, en el centro o en la periferia del continente, Europa es menos Europa. Por ello, la promoción, el conocimiento y el reconocimiento de la identidad europea, los valores europeos, es un reto colectivo de todas las personas que habitamos y convivimos en su seno. El principal reto que plantea la identidad europea es que nos interpela en plural y reclama la suma de identidades, de lenguas, culturas, tradiciones… Es exactamente lo que ya reclamaba y proponía, George Steiner, en 2005, en su libro: La idea de Europa: Europa sin duda morirá si no lucha por sus lenguas, sus tradiciones y sus autonomías sociales. No es posible entender Europa sin Antoni Gaudí, sin Pau Casals o sin Salvador Dalí. La lengua catalana es hablada también en Valencia, las Islas Baleares, Andorra, la Cataluña Norte, la franja de Aragón y en Alguer, es decir, por más de 11 millones de personas. Escritores y pensadores de Ramon Llull, a Mercè Rodoreda o Jaume Cabré han sido traducidos a todas las lenguas de Europa y forman parte del canon literario europeo. Barcelona, ​​capital de Cataluña, es una ciudad cosmopolita y de vanguardia, con centros de investigación y universidades conectados con Europa que contribuyen a la creación de valor, talento y excelencia. Cataluña es uno de los principales motores económicos de Europa, la región más próspera del Mediterráneo y un contribuyente neto de recursos al presupuesto de la Unión.

Vivimos tiempos de cambios y transformaciones en Europa, y este momento de cambio se forja a escala local e impregna la dimensión global. Lo que se está dirimiendo es el modelo de sociedad que se convertirá hegemónica: la esencialmente democrática, o la de dependencia autoritaria. El modelo de sociedad europea que deseo impide la judicialización de la política, la politización de la justicia y la criminalización de las ideas, porque constituyen un ataque de primer orden que debilita el proyecto europeo. Los valores no tienen fronteras y los principios democráticos esenciales, tampoco. Y sin embargo vivimos la anomalía democrática de que cuatro meses después de las elecciones tres eurodiputados electos (el President Carles Puigdemont, el vicepresident Oriol Junqueras y el Conseller Toni Comín) no puedan ocupar los escaños que les corresponden y que, en consecuencia, más de un millón de ciudadanos no tenga la representación política que han votado en Europa.

Para un poeta como Espriu, la integración de Cataluña en una Europa unida era una condición necesaria para alcanzar la plenitud nacional. Me uno a su deseo, expresado poéticamente: “(…) / Que no sigui decebuda la nostra esperança. / Que no sigui escarnida la nostra confiança. / Així molt humilment ho demanem.”

Valores para sobrevivir

Izaskun Bilbao
Eurodiputada de EAJ-PNV

Quiero empezar felicitando a ‘El Siglo’ su 28 cumpleaños agradeciéndole su invitación para participar en este número especial y celebrar el tema elegido para subrayar la efeméride. La Unión Europea nació como herramienta de paz, se consolidó como espacio de democracia y progreso y ha sido por ello útil a la ciudadanía. Su funcionamiento y cohesión se asienta en un conjunto de valores que fueron la clave para progresar. Hoy son fundamentales para sobrevivir, para intervenir como agente global ante desafíos a los que solo se puede responder a ese nivel.

Por eso pido a la Unión que persevere en la defensa de esa columna vertebral ética, pre-política, que explica por qué seguimos siendo un referente mundial en calidad de vida, seguridad e igualdad de oportunidades. La mejor forma de hacerlo es fortalecer los mecanismos que salvaguardan la Carta Europea de Derechos Fundamentales y alentar, en la sociedad justa, abierta y democrática que practica estos principios, un desarrollo al servicio de las personas. Por eso necesitamos un instrumento que se ocupe de supervisar la vigencia y aplicación de la Carta en todos los estados miembros con la misma contundencia y constancia con la que se trabaja para lograr un equilibrio presupuestario y financiero en la Unión.

Esas son condiciones necesarias para propiciar un crecimiento inteligente, sostenible y bien repartido que debe devolver el sistema financiero a su función instrumental como combustible para el emprendimiento. Y poner la fiscalidad al servicio de estos objetivos, evitando la competencia entre haciendas que ha favorecido el fraude y la elusión y reducido los recursos disponibles para financiar nuestro modelo social.

La unión necesita una formación abierta y moderna que nos prepare para los nuevos empleos de la economía circular y digital y que asuma que apostar por la igualdad de hombres y mujeres es invertir, no gastar. Hay que afrontar el reto demográfico, el envejecimiento y la despoblación. Necesitamos mirar a los que vienen más como oportunidad que como amenaza. Hay que aplicarse en convertir Europa en un mercado único en sectores críticos como el energético, el financiero y el digital y avanzar hacia la creación de un sistema integrado de movilidad. Son factores críticos para resetear nuestro modelo de desarrollo y trabajar contra el cambio climático, la gran prioridad de los próximos años. Un reto que requiere pensar en global, pero implica y necesita actuar en local.

La memoria del pasado con fronteras pesa. Muchos proyectos europeos encallan en las burocracias de algunos ministerios porque siguen conjugando en nacional verbos que hay que utilizar en europeo. Regiones y ciudades que, desde abajo, colaboran y crean sinergias transfronterizas, han generado áreas calientes de competencias y desarrollo que nada tienen que ver con las fronteras de los antiguos estados. Principios como el de la “especialización inteligente” vertebran ya, por esa razón, el funcionamiento de los principales programas europeos de innovación. Pero además aportan ante el reto migratorio, impulsan las redes trans- europeas de transporte y son actores críticos contra el cambio climático. Esa diversidad, reflejo de nuestro capital humano, es otro valor fundamental de la Unión. En esa proximidad hay también oportunidades para superar el déficit democrático y de relación con la ciudadanía que arrastra el proyecto europeo. Ignorarla es un grave error.

El PNV se implicó en el proyecto europeo desde principios del siglo pasado. No añoramos fronteras, ni queremos clonar estructuras que no sirven para el mundo global. Trabajamos cada día para impulsar nuevos modelos de convivencia en los que la corresponsabilidad sustituya a la subordinación, el diálogo a la imposición y los valores a los intereses.

Una mirada desde una nación sin Estado

Mertxe Aizpurua
Portavoz de EH Bildu

Hay ocasiones en que una pregunta resume mejor que cualquier extensa narración explicativa el quid de la cuestión. Y en el tema que nos ocupa, desde la perspectiva de Euskal Herria, el emplazamiento sería el siguiente: ¿Qué podemos esperar de Europa las naciones sin Estado que reivindicamos el derecho de autodeterminación para nuestro pueblo?

Sin incurrir en optimismo exagerado, subrayaría que lo que la actual coyuntura nos ofrece es una gran oportunidad. Porque, aun estando a años luz de las motivaciones políticas que provocaron el Brexit, este factor puede ser una oportunidad para las naciones sin estado de Europa. La salida de la Unión Europea por parte del Reino Unido va a volver a abrir todas las costuras del debate sobre la arquitectura institucional de la UE. Y este debate debe devolver a la UE sus principios fundacionales, los de la Europa social y los Derechos Humanos… y debe resituar a una Europa respetuosa con los derechos de los pueblos y conectada con su ciudadanía a través del respeto al derecho a decidir.

Si la UE no está dispuesta a hablar en estos términos, está abocada a una profunda crisis. El actual club de Estados, esa élite política que gobierna la UE de espaldas a los europeos, está acabando con la credibilidad de la propia Unión. Europa no necesita eurófobos, extrema derecha o ‘brexiteers’ para acabar con ella; son las propias élites actuales de la Unión las que la conducen a su inmolación.

Por ello, considero que las naciones sin Estado y las posiciones progresistas y de izquierdas están llamadas a jugar un papel muy importante en esa dirección. Las naciones que están abordando procesos soberanistas o están preparando el terreno para hacerlo deberán actuar de manera conjunta para hacer valer sus intereses. Y las izquierdas europeas tienen ante sí la responsabilidad de ser capaz de ofertar a la ciudadanía una alternativa sólida y creíble frente al populismo, la amenaza de la extrema derecha y los nacionalismos excluyentes de tipo xenófobo.

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