Recientemente he completado la lectura de tres grandes clásicos, uno detrás de otro, superando al fin una asignatura que tenía pendiente desde hacía demasiados años. Con ellos nació el terror psicológico y la ciencia-ficción, de la mano de los avances científicos y tecnológicos, de las inquietudes de la época y de explorar en lo más profundo del alma humana. Me refiero a Frankenstein de Mary Shelley, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide de Robert Louis Stvenson y, por supuesto, a Drácula, de Bram Stoker, el más completo, inquietante y cautivador de los tres.
Seguramente habrán visto varias películas sobre el vampiro más popular, pero les aseguro que ninguna les atrapará como la lectura de la novela. Uno se ve inmerso en una historia que cree conocer por las referencias cinematográficas acumuladas, pero muy pronto es consciente de que está dejándolas difuminadas en su mente, pues estás pasando a una dimensión mayor de desasosiego, temor y angustia que te atrapa nada más llegar al castillo del conde en Transilvania en compañía de Jonathan Harker.
Bram Stoker construyó esta maravillosa fantasía gótica con ingenio y un enorme trabajo como escritor, pues toda la narración es plenamente epistolar, basada en cartas y, sobre todo, en los diarios que los diferentes protagonistas van escribiendo sobre los extraños fenómenos que acontecen. Cada uno lo cuenta a su manera, revisa lo que ha sucedido y lo escribe para que quede constancia de todo sin obviar nada, para que pueda ser compartido con sus compañeros de fatigas en el caso de que algo fatal le ocurra. Todos quieren acabar con “el no muerto”, con el conde Drácula y tejerán una alianza para ello.
La brillante manera que tiene el autor de narrar semejantes sucesos produce un fuerte efecto magnético que atrapa desde el inicio, no soltándote en todo el voluminoso periplo de la novela y sus personajes. Ciencia, supersticiones, temores ancestrales, dudas, alianzas frente al mal, la naturaleza y los paisajes, psicología… eso y mucho más se despliega ante nosotros, manteniéndonos bien despiertos, para no perdernos cada detalle de unas páginas repletas de intriga, emoción y angustia.
Varias escenas se me han quedado grabadas a fuego en la mente: el conde reptando boca abajo por el muro del castillo, el barco con el cadáver del capitán atado al timón, el lobo que salta a tierra y se pierde en la niebla, el loco que come arañas…
La mejor película sobre Drácula es leer la novela de Bram Sotker, háganme caso.
Feliz lectura.
Periodista y escritor