Si has salido a la calle en los últimos meses, habrás notado que el clásico café con leche tiene un competidor serio, de un verde casi radiactivo y que se sirve con una estética impecable. No es una poción mágica, es el té matcha.
Pero, ¿qué es exactamente este polvo fino que parece sacado de un herbolario de Kioto y por qué todo el mundo, desde Silicon Valley hasta tu prima la influencer, no para de beberlo?
¿Qué es el matcha?
Para entender el matcha hay que ponerse un poco espiritual. A diferencia del té verde convencional, donde infusionas las hojas y luego las tiras, con el matcha te bebes la hoja entera.
Unas semanas antes de la cosecha, las plantas de té se cubren para protegerlas del sol. Esto dispara los niveles de clorofila y aminoácidos (de ahí ese color verde neón tan vibrante). Luego, las hojas se vaporizan, se secan y se muelen en molinos de piedra hasta obtener un polvo finísimo. Es, básicamente, el expresso de los tés.
Los superpoderes de la ‘Taza Verde’
Si el sabor —que es una mezcla entre hierba fresca, frutos secos y un toque «umami»— no te convence a la primera, sus beneficios lo harán. Aquí te dejo el «por qué» de tanto revuelo:
- Energía sin taquicardia: A diferencia del café, que te da un subidón y luego te deja tirado, el matcha tiene L-teanina. Este aminoácido hace que la cafeína se libere poco a poco. Resultado: estás alerta pero relajado. Es una «calma productiva».
- Antioxidantes a niveles industriales: Tiene hasta 137 veces más antioxidantes que el té verde normal. Es como un escudo contra el envejecimiento celular.
- Adiós al mal aliento: El matcha tiene propiedades que frenan el crecimiento de bacterias en la boca. Tu dentista estará orgulloso.
- Quema de calorías: Algunos estudios sugieren que ayuda a acelerar el metabolismo. No es un milagro, pero es un gran aliado en el gimnasio.
¿Moda pasajera o nuevo básico?
Es cierto que la estética minimalista ha ayudado mucho. No hay nada más fotogénico que un Matcha Latte con leche de avena y un degradado perfecto. Pero detrás del postureo, hay un ritual milenario que nos obliga a parar dos minutos, batir el té con el chasen (el batidor de bambú) y respirar.
En un mundo que va a mil por hora, quizás lo que necesitábamos no era más cafeína para correr, sino un poco de verde para disfrutar del camino.