Joaquín Chico de Guzmán (Madrid, 1973) ha escrito una novela de esas que te remueven por dentro al reflejar con brillantez, conocimiento y sensibilidad el acoso escolar, especialmente el sufrido por chicos con trastornos del espectro del autismo, el ataque al diferente o al percibido como débil, los abusos a menores y la responsabilidad que tienen los agresores, los cómplices y jaleadores, los testigos mudos y silenciosos, los que miran para otro lado y los que no prestan la atención debida (padres, educadores, directores de centros escolares).
El autor plasma todo ello en El silencio de Prometeo (Ed. Libros Indie), novela que nace de sus muchos años de experiencia como psicológico y pedagogo, trabajando con las víctimas y sus familias. Como él mismo asegura, el caso del suicido de Jokin en septiembre de 2004 -aparece en el segundo capítulo de la novela- le conmocionó especialmente y le hizo tomar aún mayor conciencia sobre la tremenda lacra que supone el acoso escolar en nuestra sociedad. Quizás ahí ya comenzó a germinar la idea de esta novela que ha plasmado en 2025 tras conocer muchas más situaciones de este tipo.
La lectura de El silencio de Prometeo es ágil, fresca y muy dinámica, con una trama que nos adentra poco a poco en la biografía de Mario, el presente sombrío como profesor en su antiguo colegio y los recuerdos de adolescencia, período que le marcó profundamente por unos sucesos trágicos que le atormentan desde entonces. La terapia de escribir sobre aquellos hechos recomendada por su psicóloga le harán ir sanando poco a poco para poder encontrar las respuestas que quedaron sin conocerse quince años atrás. El proceso, lógicamente, no será sencillo.
La novela está marcada por un halo de romanticismo indudable, muy palpable en diversas escenas que no les quiero desvelar y en las citas de los capítulos (Espronceda, Larra, Goethe…). La poesía, el deseo de escribir y de compartir con amigos en esos años intensos de sueños y juegos también está muy presente, un despertar a la vida en el que muchos lectores se verán reflejados. También bebe del Frankestein de Mary Sehlley.
Pero, sin duda, lo más relevante es que visibiliza la incomprensión, la soledad y el acoso que viven muchos chavales y nos puede ayudar a detectar señales de alerta. Recuerden que en octubre del pasado año Sandra no pudo más y se quitó la vida ante el acoso que sufría a manos de varias compañeras de colegio. Tenía 14 años, como Jokin.
Daniel Arveras
Periodista y escritor